#01 – De cómo rehabilitar los codos

Año 1985, fondo de la casa, tendedero que constaba de un eje giratorio junto a una escalera de material que llevaba a una segunda planta que estaba sin terminar.

Con cinco años ya contaba con tres aperturas de la pera, los dos primeras resuelto La Gotita, y la última con varios puntos que disimula ahora la barba crecida que suelo usar. Una escalera y un tendedero giratorio eran demasiado para un pibito que corría de un lado para el otro, era cuestión de esperar un descuido de mi viejos, subir unos escalones, pegar el salto y colgarme para poder girar con la fuerza del salto arriba de ese armatoste giratorio. Como se imaginarán, nunca hubo cuelgue giratorio, sino más bien una caída directa desde más de dos metros, directa al codo izquierdo que intentó amortiguar el golpe contra el césped.

Fisura, yeso, vuelta a casa. Durante una semana me acostumbraba a usar la mano derecha para comer, supongo que también dibujar. Tenía prohibido correr, pero era una regla compleja de cumplir con una hermana de dos años con quien podíamos experimentar todo tipo de manchas, escondidas, carreras aprendidas en el Jardín de infantes. Sólo era cuestión de esperar el momento adecuado para que el control parental disminuya, y fue justo una salida de mi vieja a la peluquería que generó la situación ideal para una corrida con mi hermana. Como cualquiera que haya llegado a este punto del relato se imaginará, estaba destinado a una nueva caída.. en este caso un tropiezo. El yeso del brazo izquierdo cayó sobre el codo derecho, fractura, clavos, y ahora ambos brazos enyesados.

Hasta aquí, una simple anécdota de un pibito bardero con caídas, cicatrices y yesos. La relación con el básquet difícilmente se encuentre si no se incluyen otras variables, como la necesaria rehabilitación postraumática y la relación de mis viejos con la familia Campolo, particularmente Carlos, quien había sido un destacado jugador de Quilmes y Boca en las épocas pre Liga Nacional. Revisando otros antecedentes relacionados familiares con el aro y la red, mis dos tíos (paternos) habían jugado en la adolescencia para el Club Sarmiento de Berazategui.
Un pibe de cinco años, con ambos brazos quebrados, con una generación de padres que se habían criado con las películas de Bruce Lee que tenían altísimo rating en la tele, pero que claramente no sería enviado a aprender ni karate, ni yudo ni nada que pudiese implicar golpes. Así que entre el médico que me operó y mi familia optaron por el básquet como una actividad deportiva que ayudaría en mi rehabilitación de los codos.

Viviendo frente al (ex) Club Ducilo, un espacio bastante expulsivo para el barrio (excepto para aquellos que trabajaban en la fábrica textil que daba nombre al club), el tenis y el hockey eran los deportes presentes allí, y la cancha de básquet un decorado más del inmenso predio. Pero a sólo diez cuadras (que a esa edad es una inmensidad de distancia) estaba la sede del Club Deportivo Berazategui, donde el básquet era (y es) su actividad principal. Acceder a la escuelita que dirigía el Turco Metzer no era algo sencillo, “vamos a probarlo y ver si puede jugar” recuerdo que dijo (delante mío). Recuerdo intentar picar la pelota hasta que se moría contra el piso.. y alguna que otra imagen de recorrer las líneas ya picándola con derecha o izquierda y esa voz fuerte del Turco indicándo que miremos para adelante. ¿La fecha? Diciembre de 1985, así que habrán sido un par de semanas hasta el receso.

Para febrero del ’86 me arrancaba con la Escuelita, tal vez Santi Fusari o Agustín Lischetti (ambos ya estaban en el club porque seguían los pasos de sus hermanos mayores) recuerden si seguía siendo el Turco o ya con Fernando Van Damme. Comenzó así el periplo, en un rectángulo de 26×13, medidas mínimas, piso mosaico, tableros de maderas, sin tablero electrónico y con el marcador que se pasaba con unas chapitas.

Postdata: No se si fue que rehabilité demás, o alguna movida del traumatólogo, pero el dato es que en ambos brazos me quedó mayor apertura, lo que me otorgaba cierta relevancia al momento de mostrar deformidades, llamar la atención y provocar risas o cierto desagrado visual.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 + 1 =